lunes, febrero 26, 2007

Un truan, un señor, un amante

Cuando ayer mi amigo "El Cerrajero" me comentó que "No se que pasa con las mujeres pero cuánto más las puteas más pilladas se quedan y si las tratas con cariño, respeto, ternura ya puedes flipar cuando te trate sólo como un amigo como mucho"; me vino a la memoria la historia de un truan como muchos nunca ha exsitido. La historia del bandolero Luis Candelas.

Luis Candelas Cajigal (Madrid, ¿9 de febrero? de 1804 – Madrid, 6 de noviembre de 1837) fue un bandolero español nacido en el barrio de Lavapiés. A pesar de su carrera criminal, se jactaba de no tener delitos de sangre, lo que no evitó que fuese ejecutado el 6 de noviembre de 1837.

Nació en una carpintería de la calle del Calvario en 1804, tercer hijo de un matrimonio que vivía sin agobios económicos y que dio estudios a Luis en el colegio de San Isidro. Aquí empezó la leyenda, ya que empezó a hacer bandas, provocar peleas y fue expulsado a causa de que un clérigo le dio una bofetada y él le devolvió la moneda dándole dos. A pesar de esto, siguió leyendo todo libro que caía en sus manos y tuvo una formación autodidacta. Desde temprana edad le gustaba vestir bien y tener buenos modales, además de ser alborotador y díscolo, como lo demuestra que ya a los 15 años hizo su primer robo y poco después fue detenido y apresado en la Cárcel de Villa, por deambular por la Plaza de Santa Ana a altas horas de la madrugada. Con 19 años perdió a su padre, replanteándose un poco su vida dedicándose a ser librero. Pero duró poco esta situación, ya que fue condenado a seis años de cárcel por robar dos caballos y una mula. En su primera época de delincuente, entre 1823 y 1830, dicen que se dedicó a conquistar mujeres y vivir a costa de ellas, reconociéndose que era un Don Juan

Poco después se dedicó al latrocinio por iniciativa propia y salió triunfante de dos duelos, uno de ellos contra Paco El Sastre (que luego sería su amigo), lo que le hizo respetable en los barrios de Madrid. Para poder costearse sus gastos formó una cuadrilla en 1835, entre cuyos componentes destacaron Paco El Sastre, Francisco Villena, Mariano Balseiro, Leandro Postigo, Juan Mérida, José Sánchez El del peso, Pablo Maestre, Pablo Luengo El Mañas y los hermanos Cusó (Antonio y Ramón), con los que se reunía en La taberna del Cuclillo, en la La Taberna de Jerónimo Morco, cuñado de Balseiro, en la calle de Mesón de Paredes, "La Taberna de la Paloma" en la calle de Preciados, la de "Traganiños", en la calle de los Leones junto a la calle de Jacometrezo y en la taberna de El Tío Macaco, en la calle del Avapiés. Todas ofrecían el mejor servicio a la banda, buen vino, buenas "cantaoras", buen escondite y buena compañía femenina; realizó diversas fechorías, cada vez más arriesgadas y con mayor botín, que por su ingenio y buen humor fueron cantadas por los madrileños con cierto cariño. Tenía doble vida, indiano adinerado y respetado de día (cuyo falso nombre era el de Luis Álvarez de Cobos, Hacendista en el Perú) y truhán de noche, cuando salía por la puerta de atrás de su casa, ubicada en la calle Tudescos nº5, convertido en el rey de los bajos fondos.

Se dedicaba a robar, con su máxima de que la fortuna estaba mal repartida, pero nunca llegó a matar a nadie en ninguna de su acciones. Era extremadamente delicado en sus acciones y no usaba la violencia. Siempre vivió bien y nunca gustó de los oficios mecánicos, siendo ésta una de las causa de que se entregara a la delincuencia. Cuando era detenido y apresado, era fácil que se escapara ya que sobornaba a carceleros o simplemente lograba fugarse. En una de sus "visitas" a la cárcel, conoció al político Don Salustiano de Olózaga, al cual ayudó a escaparse, quedando este último muy agradecido a Luis Candelas. Se dice que luego se reencontraron y Salustiano fue el que inició en la masonería al bandolero, ingresándolo en la "Logia Libertad". A partir de este hecho, muchas noches Luis Candelas lucía una capa negra con símbolos masones.

Hubo tres mujeres que marcaron su vida. Se casó en los carnavales de 1827 en la Parroquia de San Cayetano, con Manuela Sánchez, viuda de 23 años que también había pasado por la cárcel. Ya en la luna de miel por Zamora vieron que no eran compatibles y Candelas la abandonó en las Navidades de ese mismo año. Luego tuvo como amante a una chica llamada Lola La Naranjera, la cual tenía amigos importantes que conseguían sacar de la Cárcel de la Villa a Luis tan pronto como entraba por delito de hurto. La Naranjera además era la amante favorita del mismísimo rey Fernando VII. La última de sus amantes importantes (la de su perdición) fue Clara, muchacha de clase media y familia honesta, con la cual se va a vivir a Valencia. Aquí sigue robando alguna joya para vivir holgadamente.

En esta época el rey ya había muerto, la Primera Guerra Carlista estaba en auge y los liberales mandaban en el poder, pero ya no apoyan a los delincuentes sino que los arrestan. Comete el error de hacer dos atracos importantes, asalta a la modista de la Reina en su taller, y al embajador de Francia y su señora en una diligencia. Ahora vuelve a estar perseguido por la justicia y huye con Clara hacia Inglaterra, pero cuando llegan a Gijón Clara no esta dispuesta a partir, con lo que vuelven a Madrid, en donde le detienen. Fue condenado a morir por garrote vil acusado por más de 40 robos constatados. Pidió clemencia a María Cristina de Borbón, pero le fue denegada. Murió el 6 de noviembre de 1837 con 31 años. Se le ha adjudicado, cuando estaba al pie del garrote, la frase: «¡Patria mía, sé feliz!».

Como pueden ver, de la historia de este insigne bandolero, se pueden sacar dos conclusiones:

a) Que los hijos de lo ajeno de hoy nada tiene que ver con él. Eso sí, podría compararse su caso con otras custiones más recientes en la actualidad. Me refiero al tema de Filesa, Roldan, Paesa... y otros asuntos turbios donde usando ese criterio de "distribución equitativa de la riqueza", se han hecho burradas de impresión.

b) Una pregunta inquietante: ¿que vieron las mujeres en un tipo como él? y más aun, ¿por qué a las mujeres les resulta atrayente esta tipología de hombre, canallesca y sinvergonzoneril?

domingo, febrero 25, 2007

Derrota eterna

No suelo escribir de cosas personales. Rara vez lo hago. Pero, esta ocasión me ha hecho falta hacerlo con el propósito de desahogarme. Sí, hablo de esa necesidad que muchos a veces practicamos de vez en cuando de abrirnos “en canal” el alma, para dejar que ésta, si siente dolor, pueda gritar. No es la mejor "terapia", pero dicen que sacar la agonía de tu alma vez en cuando, te ayuda a no explotar.

La soledad es un estado en el cual los individuos nos vemos a menudo. Dicen que es mejor estar solo que mal acompañado. Tal vez. De vez en cuando viene bien. Pero cuando se convierte en algo cotidiano y constante, puede convertirse en el mayor de los infiernos conocidos. Hay muchos tipos de soledades: la soledad del guerrero, la soledad del gobernante, la soledad del incomprendido… hay tantas clases como tipologías humanas. Pero si hay una soledad mala de narices, es la soledad del desamor.

Esa soledad, no es que sea mala de narices… es la soledad más vil y villana de todas las que existen. Se da cuando lo das todo a una persona y no eres correspondido. Sí claro… eso pasa a menudo, y no hay mortal que no haya sucumbido alguna vez. Quien esté libre de pecado de haberla sufrido tire la primera piedra. El caso es que cuando ya este estado descrito se transforma en una pauta repetitiva, uno comienza a mosquearse que ni te cuento. Las primeras veces, uno prueba a cambiar de perfume y desodorante; a ver si es que es eso. Luego, cuando ya te han dado unas cuantas en la cara, uno trata de mejorar la imagen, a ver si es que resulta que eso del pelo tiene algo que ver. Luego comienzas con lo de cuidarte un poquito, a ver si van los tiros por ahí. Nada. En esas te miras al espejo y ya te preguntas a ti mismo: ¿acaso es que tengo “gamusinos” en la cara?

Llega un momento, cuando ya ten han llovido los palos por todos los sitios, que ya ni te preocupas de eso. No sientes dolor. Todo te resbala. Pierdes la sensibilidad. Simplemente ves la cosas pasar por delante de tu nariz y descubres que siempre hay un tercero en el gallinero mejor que tu y, para tu desdicha, le hace mas “tilín”. En ese momento tú te quedas fuera. Así de sencillo. No hay que darle más vueltas. Pero ya lo que te empieza a recomer el alma es que si miras la lista de tus ex parejas, descubres cosas que empiezan a llamarte la atención, miras horrorizado el presente, dándote cuenta al final lo negro que se te presenta el futuro. El tiempo pasa. Tus amigos ya van cogiendo pareja y tú te ves día a día fuera de sitio. En parte, sientes una envidia sana pues si son tus amigos de verdad, de los que contigo irían de cabeza al infierno si es necesario, te alegras por ello. A la vez tu alma grita. Grita cada vez con más furia. Ya no te consolas con saltar de cama en cama, aunque sea de alquiler, pues solo cubres una necesidad animal. Al final solo te queda el vacío. Dicen que la esperanza nunca se pierde. ¡Mentira! La esperanza se pierde igual como la paciencia. Puede ser tal vez un desayuno pero como cena es el peor plato. Te vuelves a mirar de nuevo. Aquí se corre peligro de verdad. Solo ves una imagen distorsionada. No es real pero se te hace real. El dolor aumenta y tu alma grita aún más. El grito llega a ser ensordecedor. No sientes. No ves. No oyes. Corres hacia delante para escapar pero, estás atrapado.

Para esto no hay cura. Simplemente te queda seguir caminado hacia delante en una especie de huída sin dirección ni criterio. Tu vida cotidiana empieza a ser una anábasis constante. Si te paras, compruebas que todo sigue igual. Tu alma sigue gritando y, aunque la ordenes callar, solo será un momento. El dolor sigue ahí.

martes, febrero 20, 2007

Carnet de Puntos y Radares Roedores

De un tiempo a esta parte, como bien señala mi amigo Pérez Reverte, los de Picolandia ultimamente se lian a poner multas de tráfico, casi como el que fabrica chorizos. El que la hace, la paga. Bien. Pero aun así, nadie detiene al infractor para identificarle. Sólo un coche entrevisto en el arcén, una mirada por el retrovisor mientras uno piensa «¡te han cazado con el carrito de los helados!», y nada más. Ni flash usan ahora. Ningúna pareja de "números" vestidos de verde medio kilómetro más lejos, sirena en ristre, ordenándo parar al susodicho y diciendo, con la mano en el tricornio: "Buenos días. Documentación, por favor", como mandan los cánones y la bonita tradición española. Nada. Al cabo de un mes o dos, carta oficial, etcétera. El hombre contra la máquina. Y punto.

Ahora me entero de que Tráfico va a invertir ocho millones y medio de mortadelos en nuevos radares fijos de carreteras. Y que se van a instalar -nunca lo adivinarían ustedes-, no en vías de doble sentido, donde ocurren siete de cada diez esparrames, sino en autovías y autopistas, donde la velocidad es más alta, pero el porcentaje de cebollazos más bajo. Dicho mal y pronto: que esos ocho kilos y medio no buscan evitar accidentes y salvar vidas, sino recaudar lorchas de tolfis. Que es de lo que se trata; porque una cosa es que las cifras negras de cada operación salida o llegada sean más o menos estremecedoras, y otra que, con esto del carnet por puntos y la mayor prudencia de la peña que conduce, la Administración deje de sangrar al personal metiéndole el cinco de bastos en la pelleja. Porque ojo. Jesucristo dijo hermanos, pero nunca dijo primos. Faltaría más.

De manera que esto de los radares fijos, y que nos hagan fotos y nos enteremos un mes o dos más tarde, demuestra varias cosas, pero sobre todo una: que, demagogias, telediarios, campañas publicitarias (más o menos macabras) aparte, a la Autoridad competente le importa un carajo, que la gente corra a doscientos treinta por hora, que se maten en la próxima curva o que saltemos la mediana y nos llevemos por delante a una pareja de jubilados, a un viajante de comercio o a quien sea. Lo que quieren es que la caja registradora haga "cling, cling". Cualquier absoluto h... de p... puede pasar como un rayo con el Bemeuve "Turbo-Farruquito", poniendo en peligro la vida de todo cristo, y lo que hará el coche de tráfico emboscado o el radar fijo y maravilloso marca Toshiba, o la que tengan los radares, es hacer una foto estupenda de la matrícula del coche, que es lo que interesa: que los numeritos y letras se vean claros, para saber a qué propietario de coche adjudicársela y trincar.

Pero al conductor, al fulano que en ese momento concreto es un peligro público, nadie lo para, ni lo identifica, y puede seguir quinientos o mil kilómetros adelante a la misma velocidad, hasta que se rompa la crisma o se la rompa a algún infeliz. La pasta está segura, y la cosa, resuelta. A partir de ahí, a la Administración , a Tráfico, a quien corresponda, le dará lo mismo que, si el conductor tiene medios, compre los puntos perdidos a alguna de las avispadas gestorías que los ofrecen por Internet; o si es coche puesto a nombre de una empresa, que el propietario tenga un compadre en Nueva York, Hong Kong o Nairobi, a cuyo permiso de conducir atribuirle el marrón. Y que reclamen allí. Es más... muchos aun con un cero pelotero en puntos, siguen quemando asfalto como si la movida no fuera con ellos. En muchas provincias el permiso por puntos es una entelequia radical.

Así que, aunque no sirva para un carajo, hoy quiero reivindicar el derecho ciudadano a ser detenido e identificado en carretera cuando meta la gamba. Es más. Exijo que, una vez hecho el retrato de atentos al pajarito, una dotación de picoletos le corte el paso con la autoridad debida, le haga aparcar en el arcén con gesto enérgico, y tras afearme la conducta -se ha pasado varios pueblos, etcétera-, el guardia Sánchez me haga firmar la papeleta correspondiente mientras el cabo Martínez mueve la cabeza y dice, reprobador: «Debería darle vergüenza». Más aún. En caso de que al circunspecto se le cruce los cables o se le cortocircuiten, y decida no parar y seguir a toda pastilla esquivando el control, reclamo el derecho constitucional a ser perseguido por la Benemérita como Dios manda, con pirulos de destellos azules y sirenas de ordenanza, pi-po, pi-po, pi-po, derrapando en las curvas y todo eso, hasta ser reducido, identificado, esposado y puesto a disposición del juez Garzón, del juez Grande Marlaska o del juez que sea. Puestos a que nos metan un puro que nos dejen tentetieso y del revés, por lo menos que sean guardias de carne y hueso, rediós. No una puta máquina. Y por supuesto... todo eso suceda aqui, alli, acá, allá o más allá, con las mismas normas y método. Me sentiria terriblemente agrabiado si allá no me hicierna los mismo que acá.